La paz, antes de que sea demasiado tarde
Hay un momento en que callar deja de ser prudencia y se convierte en complicidad. Ese momento es ahora.
Mientras el mundo administra eufemismos, en Medio Oriente se acumulan muertos, niños heridos, hospitales al límite y una crisis humanitaria que ya no admite anestesia verbal. La Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios informó el 6 de marzo que en Gaza se agravaron las restricciones al ingreso de ayuda, combustible, evacuaciones médicas y movimientos humanitarios, con más escasez y mayor dependencia de la asistencia. UNICEF advirtió el 11 de marzo que, desde el 28 de febrero, más de 1.100 niños fueron reportados muertos o heridos en la escalada regional.
Hablar de paz no es ingenuidad. Es lucidez. Es, quizás, la última forma seria de humanidad que nos queda. Porque cuando la guerra se vuelve paisaje, cuando la masacre se vuelve estadística y cuando el dolor ajeno empieza a medirse según conveniencias geopolíticas, lo que entra en crisis no es solo una región del mundo: entra en crisis la conciencia misma de la civilización.
El Papa Francisco lo dijo sin rodeos: la guerra es “una derrota de la humanidad”. No hay mucho más que agregar. Donde mandan las armas, fracasa la política. Donde se naturaliza la muerte, se degrada el derecho. Donde el odio se convierte en método, la paz deja de ser un valor y pasa a ser una urgencia.
Juan Domingo Perón lo sintetizó con una frase de una profundidad extraordinaria: “Sin justicia social no puede haber libertad.” Y vale extenderla a este tiempo brutal: sin justicia tampoco puede haber paz. No hay paz verdadera donde se humilla a pueblos enteros, donde la vida civil queda atrapada entre la lógica de la represalia, la ocupación, la destrucción o el abandono internacional.
La paz exige tomar partido por la vida. Exige rechazar toda forma de castigo colectivo. Exige defender el derecho internacional cuando todavía muchos prefieren acomodarlo al interés del poderoso. Exige una voz firme, sin dobles varas, sin silencios selectivos, sin indignaciones por turno.
Desde el peronismo, desde el Chaco y desde este norte que sabe de postergaciones, tenemos razones de sobra para no mirar hacia otro lado. Los pueblos que conocen el sufrimiento social saben que la paz nunca nace de la indiferencia. Nace de la justicia. Nace de la dignidad. Nace del reconocimiento del otro como semejante.
En un tiempo donde la crueldad corre el riesgo de volverse costumbre, defender la paz es defender lo más elemental y lo más valiente: la condición humana.
Y eso no puede esperar.
